La huelga en el sector público convocada por los sindicatos constata el fracaso de los mismos, incapaces de calar en la opinión pública con sus acciones.
Quien suscribe este escrito es alguien que está convencido de la necesidad de la existencia de unos sindicatos fuertes. La historia que arrastramos desde la irrupción de la Revolución Industrial así lo atestigua. Sin el movimiento sindical nacido en el siglo XIX ni usted, ni yo, ni su mujer, ni sus hijos, ni sus amigos más cercanos gozaríamos de los avances que el último siglo ha deparado a los trabajadores. Por eso me duele ver en qué se han convertido las fuerzas sindicales en el territorio de las grandes directrices, aunque sigan haciendo una labor encomiable en el día a día.
Ayer, 8 de junio, España vivió una huelga del sector público que fue un fracaso rotundo por mucho que los sindicatos hinchen de forma sangrante los datos de participación. En realidad, el fracaso se veía venir de antemano, porque no otra cosa que fracaso es que estos sindicatos que nos está tocando sufrir se hayan inventado una protesta nacional en el sector donde menos cabe la protesta.
¿Dónde han estado los sindicatos en los últimos 2 años?. ¿En qué país han vivido?. En España, desde luego, no. O si lo han hecho, esta vez han exhibido todas sus vergüenzas sin pudor alguno.
Durante los últimos tiempos, los trabajadores de las empresas privadas, los que sufren la ignominia de las ETT, los que son autónomos y viven en la cuerda floja han estado esperando una respuesta de estos sindicatos que salen ahora a la calle para defender la dignidad de los trabajadores públicos, una defensa que esconde la propia indignidad de los sindicatos.
Bastaba para constatar el fracaso de la huelga con darse un paseo por el interior del Ayuntamiento de Navalmoral, donde estaba trabajando hasta el tato -bueno, algunos hacían que trabajaban como buena parte del año-.
Mientras, a las puertas de la Casa Consistorial morala, al mediodía, algo más de un centenar de personas se manifestaban enarbolando pancartas de sus propios sindicatos. En realidad, parecía un acto publicitario -que si UGT, que si CCOO, que si CSIF-. Vamos, que uno al pasarse por la zona tenía la impresión de estar viendo a los de siempre haciendo lo de siempre. En la concentración de protesta apenas algún vecino ajeno al mundillo sindical. Ellos se lo guisan y ellos se lo comen.
Me recordó a aquella huelga general en la que en esa misma plaza 186 personas contadas una a una por el que esto escribe se concentraron para protestar. Por vía telefónica, un sindicalista que no estaba ni siquiera en Navalmoral y que desconocía que yo sí lo estaba me aseguraba que cerca de 2.000 personas se estaban manifestando en esos momentos en las cercanías del Ayuntamiento. Cuando le dije que había 186 me respondió: ¡Vale, vale, pero tú pon que según fuentes sindicales hay 2.000!. Un modo de calcular éste que ha calado en los organizadores de manifestaciones en España, donde reunir a 1 millón de personas en la calle se consigue con solo imaginarlo. Pues bien, ayer, de ahí mi recuerdo, esos sindicatos cifraban la incidencia de la huelga en un 73%. Así se escribe la historia sindical de los últimos tiempos, a golpe de imaginación si queremos ser benévolos o de ignominia si nos da por ser severos.
No querría pecar de injusto con el movimiento sindical, porque todavía quedan sindicalistas de la vieja guardia -sea cual sea su edad- que se mueven por ideas, convicciones, amor a la justicia y sentido de la responsabilidad. Pero con los sindicatos ha pasado como con casi todo lo público, que ha sido mancillado por la llegada de personas que no creen en el sindicalismo sino en la buena vida,
como una parte de los funcionarios de este país creen más en la seguridad laboral que en el sector público al que representan. Y ese cáncer es a la larga una muerte segura.
Por de pronto, las centrales sindicales han sido incapaces de recoger el tremendo descontento que atraviesa una sociedad marcada por una crisis económica galopante, que se está transformando en una crisis de confianza muy seria.
Protestar como ayer hicieron los sindicatos por la situación de los trabajadores públicos españoles es un insulto para los millones de trabajadores que están fuera de ese sector, en buena medida, privilegiado.
Estamos en un momento crítico para el movimiento sindical, que sigue perdiendo con inusitada rapidez su escasa credibilidad.
La huelga del sector público se resume en un incidente que explica cómo han cambiado los tiempos. Antaño, cuando el movimiento sindical gozaba de buena salud, podría haber sido noticia una carga policial contra representantes sindicales en una manifestación. Ayer, no. Ayer, la noticia fue que 4 sindicalistas resultaron heridos en Logroño por una trifulca entre los propios representantes de los trabajadores por una disputa de si aquí va mi pancarta y aquí va la tuya. El suceso no puede tratarse como una anécdota porque es mucho más que eso, es una imagen que resume el estado de las cosas.
Los sindicatos se desvanecen. Es una tragedia. Porque los trabajadores necesitamos más que nunca de sus servicios y no nos podemos permitir el lujo de vivir desamparados en la cruda selva de este mercado laboral que nos ha tocado sufrir.
Si John Doherty levantara la cabeza se caería de espaldas, aunque dudo de que los sindicalistas de hoy en día sepan ni siquiera quién fue Doherty, cuanto menos sabrán qué hizo hace casi 200 años este buen señor irlandés.
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Y tú, mi querido amigo, ¿a qué sindicato estás afiliado? ¿No le habrás dado la espalda a las organizaciones que representan los intereses de los trabajadores? Si eres periodista deberÃas contrastar tus datos antes de emitir juicios de valor. Por ejemplo, evolución de la afiliación, ratio de empleados públicos en los paÃses de la UE, temporalidad en el sector público, salarios del sector, etc... En fin, menos mal que aún quedan periodistas de la vieja guardia que...
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